MARAVILLOSA NUEVA ZELANDIA

La Copa William Webb Ellis tuvo una sede apasionada por este deporte, que nos llenó los ojos por sus características, la cordialidad de su gente, la armonía de sus rutas y la exuberancia de sus paisajes .



Por Queens, su calle principal, caminaban hinchas de todas las naciones. Lucían sus camisetas, sus gorros y mostraban sus preferencias con sus cantos y gritos. Los unos se cruzaban con los otros y se saludaban. ¿ Hubo alguna agresión de un grupo hacia el otro? No, jamás. Lo mismo pasó en las horas previas a la inauguración. Esas arterias mostraban a los tonganos y a los neocelandeses que, llegados desde distintos sitios de su patria, se preparaban para aplaudir , a la noche, a los célebres All Blacks en el histórico estadio Eden Park.

Sería injusto no mencionar a la única falla de organización que advertí: por la torpeza ( o maldad ) de un estúpido , hubo que interrumpir el recorrido de los trenes que llevaban multitudes al campo de juego. ¿ Qué pasó: tiró de la palanca que detenía un vagón y se armó un lío gigantesco. Los pasajeros quedaron atrapados y , por un largo rato, la policía y los ferroviarios no supieron qué hacer. Muchos no pudieron ver el comienzo del Mundial y exigieron satisfacciones económicas.

Yo no estaba acreditado como periodista para esa apertura y no me amargué demasiado porque, como mi hotel estaba enfrente a la bahía, pude ver toda la larga y magnífica ceremonia previa. Comenzó con la llegada de los botes de los primeros polinesios que arribaron a las islas de Nueva Zelandia. Dieron vueltas por la bahía, con el torso descubierto, despreocupados por la tarde fresca. Simultáneamente, en distintos sitios de la calle que bordea la costa , aparecieron grupos de muchachos que hicieron gala de coordinación corporal y de cantos con variaciones de hackas, algo sensacional. Después, hasta la madrugada, antes y después del debut de los All Blacks, un concierto de distintos músicos . Por último, fiel a las naciones de habla inglesa, una borrachera general hasta la madrugada.
Dos últimas referencias a mi estada en Auckland: Si bien las arterias quedaron sucias con vasos , botellas y diferentes objetos, a las siete de la mañana un regimiento de obreros limpió las calles próximas al puerto. La otra mención le cabe a los ómnibus turísticos ( gratis para todos los que subían) que permitían recorrer y conocer lugares significativos de esta urbe. Repito: es un servicio donde no se paga. ¿ No podría hacerse lo mismo en Buenos Aires?

El contraste entre la vida comercial y social de la ciudad más grande de Nueva Zelandia con Dunedin, ya en la Isla del Sur , fue manifiesto. Había estado en esa localidad con Los Pumas en 1979 y... no había cambiado mucho. Con una excepción : el nuevo Otago Stadium, con capacidad para 30.000 espectadores. Es un ámbito cubierto, magnífico, que recibió a Los Pumas con los brazos abiertos. La colorida hinchada de argentinos , sumado al rechazo de los neocelandeses por los ingleses ( para colmo, vistieron una camiseta negra, patrimonio casi exclusivo de los All Blacks) nos hicieron sentir que éramos locales. Lástima la inmerecida derrota.

La deslucida Dunedin quedó atrás y continuamos hacia el sur donde descubrí a la paradisíaca Queenstown, la pequeña Bariloche de Las Antípodas. Fundada en las orillas del lago Wakatipu, es el sitio de vacaciones predilecto por los australianos. Tiene pistas de esquí excelentes, paseos hacia las montañas que la rodean, varias canchas de golf ( cuesta una fortuna jugar en ellas) y las distracciones del jetboat (lanchas velocísimas que esquivan las paredes de piedra) y los saltos del bungy-jumping, que lanzan a los valientes con los pies atados, hacia un río. Hay de distintas alturas e impresiona ver a los que se arrojan al vacío.

Queenstown es, además, una ciudad cosmopolita. Los hoteles tienen empleados argentinos, brasileños, mejicanos. Hay todo tipo de restaurantes ( como ya dije en otro trabajo, uno se llama " Patagonia" y pertenece a un compatriota nuestro) y todo es acogedor. No muy lejos está otra localidad, que lleva el mismo nombre del lago: Wanaka. Más pequeña que Queenstown pero igualmente hermosa. Viví una tarde plena de sol y, frente al lago y con el fondo de montañas, escuché los ruidos del bosque y leí un libro . Un momento extraordinario.

En el medio de la estada en los dos sitios lacustres, descubrí un sitio inolvidable, detenido en el tiempo. Se llama Arrowtown y es la villa donde viven los que trabajan en Queenstown. Vi fotos antiguas y la calle principal no cambió en los últimos cien años. Fue el sitio elegido por los mineros, para protegerse del frío , cuando hurgaban las aguas de la zona en la búsqueda de oro. La fiebre comenzó en 1850 y llegaron individuos de distintas partes del mundo, que vivieron en condiciones precarias. Todos soñaban con hacerse ricos, después de comprar una parcela en los ríos que rodeaban la regíón: Kawarau River, Lochy River,Shotover River y, principalmente, el Arrow River. Con los mineros llegaron pastores de grupos cristianos y fundaron capillas de distintos credos. Una tiene en la entrada dos gigantescos árboles sequoais.

Dejamos la zona de los lagos y nos fuimos bien al sur, a Invercargill, donde Los Pumas ganaron su primer partido. Otra vez fueron locales los argentinos porque la pequeña cancha estuvo rodeada de colores celestes y blancos. Los pacíficos lugareños (el sábado, a las seis de la tarde, no quedaba nadie en las calles y todo estaba cerrado) nos recibieron con los brazos abiertos y quedaron deslumbrados con los ruidosos "sudacas". A mi lado se sentó el Presidente de la IRB ( International Rugby Board), el francés Lapasset, y estaba encantado con nuestra gente.

Muy poco tiempo pasé en Invercargill porque, tras el test-match, me trasladé a dos pequeñas localidades, próximas a glaciares: Fox Glacier y Franz Josef Glacier. Más allá de sus reminiscencias a los pueblos de las películas de cowboys( sólo una calle, con el "saloon " y el negocio de Ramos Generales) la decepción fue enorme al descubrir que las montañas de hielo se veían desde lejos y distaban muchísimo de la belleza y magnitud de nuestros glaciares en el Lago Argentino, allá en Santa Cruz.

Después comenzamos a subir por la Isla del Sur y, tras visitar la localidad donde los maoríes descubrieron jade ( sólo los nativos pueden explotar y trabajar esa piedra) , llegamos a Nelson, en la parte más alta de la isla sureña. Esta coqueta ciudad tiene tres intereses para los neocelandeses: 1) posee lindas playas.2) es la zona más pró-xima a la Isla del Norte y, principalmente, a Wellington.. 3) En Nelson se disputó, en mayo de 1870, el primer partido de rugby y, además, donde se fundó el Nelson Rugby Football Club, el más antiguo de ese país.

Cruzamos el Mar de Tasmania y llegamos a la capital neocelandesa, con sus colinas y su atractiva costa, con curvas y desniveles, donde el viento influye en los ciudadanos porque, a veces, no pueden salir de sus casas.
Se sabe: el Seleccionado Argentino de rugby derrotó a Escocia y pasó a los Cuartos de Final. El objetivo había sido cumplido. Una vez más, los espectadores en el Wellington Regional Stadium nos hicieron sentir cómodos. Aplaudieron a nuestros jugadores y los alentaron del principio al fin. Una constante que, durante nuestra estada en las fértiles islas neocelandesas, nos deslumbró. Como también me maravilló el respeto por el prójimo, la higiene en las rutas y calles, la educación y, principalmente, la honestidad en todo momento. Sí, factores que me provocaron envidia.