Honor a los gordos (parte I)

El rugby, en el siglo XXI, tiene bastante difusión en nuestro país. Los principales diarios siguen los certámenes con asiduidad, varias radios transmiten partidos y , en los últimos años, se agregó la computadora, con páginas como la que escribo. Pero, sobre todo, fue la televisión la que hizo familiar este peculiar deporte a muchísimos compatriotas que ignoraban al juego de la pelota ovalada.



No era sencillo trabajar como periodista de rugby en la década del ´60, pues las posibilidades de contar con un espacio amplio era una quimera. Me refiero, principalmente, a los medios escritos. Sólo el antiguo Canal 7, el único que existía, ponía en el aire algunos cotejos , gracias al empuje de dos fantásticos hombres de prensa: Eduardo Maschwitz y Mario Posse Romero. Cuando los escuchaban, las gigantescas cámaras y el todavía más grande camión de exteriores se trasladaban al Club de Gimnasia y Esgrima ( donde jugaba el Seleccionado Argentino) , a CASI, a Belgrano o a Olivos ( elegidos porque no distaban mucho de Canal 7) y la onda permitía la transmisión de las imágenes.

Gracias a Mario Posse Romero ingresé, en 1969, al diario La Prensa, donde comencé a escribir sobre el juego de mi padre y el que inculcó a mis hermanos y a mí. Después, la fortuna me permitió ampliar mi campo: me incorporé a la revista El Gráfico ( junto con La Nación, La Prensa y, en menor medida, Clarín, eran los únicos medios impresos que prestaban atención al rugby); más tarde ingresé a Radio Rivadavia, donde el famoso relator de fútbol, José María Muñoz , quiso contar con un especialista en esta disciplina completamente extraña para él.
Por último, la televisión por cable: nació en San Isidro (Cable Visión se instaló en un radio muy corto del centro de la ciudad colonial) . Al año siguiente irrumpió Video Cable Comunicación, quien se propuso poner en el aire- los lunes- el mejor encuentro del fin de semana. Ellos me eligieron como relator-comentarista , por ser un ex Puma, hombre del Atlético de San Isidro , periodista y vecino de esa localidad. Desde VCC "penetramos" en muchos hogares que no estaban familiarizados con scrums, montoneras y volantes (así se llamaban antes de que incorporáramos los conceptos "ruck" y " maul"). Entonces comenzó la verdadera difusión.

Si algo llamaba la atención a los periodistas que desconocían al rugby era el scrum. No comprendían por qué ocho grandotes, llamados cariñosamente " Los gordos" , se agruparan y, unidos, chocaran contra otra formación semejante. No concebían que esos "gordos" rara vez tenían la pelota en sus manos y se conformaban con empujar, caerse, tacklear y habilitar a los "ágiles" , los backs, quienes corrían, efectuaban pases y concretaban los tries.

Me costaba mucho hacerles entender a mis compañeros de redacción que el scrum era casi la esencia del rugby. La muestra cabal de un juego asociado, solidario, sacrificado, donde los pesados trabajaban para que los más hábiles marcaran puntos. Les decía a los futboleros, principalmente, que el rugby era el deporte democrático por excelencia , aunque para ellos era uno de los más aristocráticos, porque lo practicaban, preferentemente, estudiantes de escuelas privadas o de universidades.
Les explicaba esta característica: el rugby permite que jueguen los altos, los petizos, los flacos y- por suerte - los gordos. Todos tenían un lugar en la formación y todos cumplían un rol importante. Para aclararles la descripción les contaba de dónde había salido el scrum y por qué un equipo tenía 15 jugadores, divididos en dos: los forwards ( delanteros) y los backs ( medios o nexos, centros , wingers - los de las puntas- y, el full back, el de más atrás ) . Sólo comprendían cuando les detallaba que la estructura humana del rugby copiaba a una unidad de los regimientos de los soldados ingleses: la infantería ( forwards) y la caballería (backs).

Los más observadores de mis interlocutores objetaban: "si copian a la infantería, ¿ para qué se agrupan, se agachan y chocan hombros y cabezas con los rivales?" La respuesta estaba en la costumbre de los colegios de varones que, en los recreos, armaban una cinchada ( en inglés se llama " Tug of war" ). Cuando se establecieron las primeras reglas fijas, se pensó en dar una ventaja leve al que no cometía una infracción grave. Por ejemplo, resolvieron que la pelota debía pasarse para atrás. Si alguno habilitaba a un compañero y le daba la "ovalada" hacia adelante, el referí cortaba el movimiento y otorgaba un scrum favorable al equipo que no había cometido la falta . ¡ Ah! La cinchada ( utilizaba a veinte o treinta muchachos en los colegios) se redujo a ocho hombres ( los neocelandeses utilizaban siete: esto lo explicaré en la segunda parte) : primeras, segundas y terceras líneas.

Por imitar a una diversión varonil en las escuelas nació el scrum, la mezcla de hombres ( "melée" en francés) . También surgieron los más esforzados, los que dejan el alma sin buscar lucirse. Los primeras líneas- los gordos- saben que su vigor, su disciplina y su esfuerzo apuntan al bien del equipo. Durante gran parte de la historia del rugby, los pilares y el "hooker" ( el que engancha la pelota) eran anónimos. Cumplían sus tareas con la admirable intención de aportar algo para el equipo, aun cuando pasaran inadvertidos . El lucimiento quedaba para los backs, los flacos elegantes, ágiles, rápidos, habilidosos. Claro que, para que ese equilibrio se lograra y "la caballería" llegara al try, necesitaba de los gordos.

Hasta acá he procurado explicar cómo se incorporaron los individuos robustos al juego de rugby. Ellos, como los espigados, merecen aplausos. ¿Quiénes son y quiénes han sido los primeras líneas más brillantes de la historia? De ellos nos ocuparemos en la siguiente nota.